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La mujer rural frente al cambio climático: entre la vulnerabilidad invisible y la fuerza que sostiene la vida

Natacha Fierro
Universidad Técnica Particular de Loja
lunes, junio 15, 2026
Las mujeres rurales están entre los grupos más afectados por los impactos del cambio climático, pero también son protagonistas fundamentales en la construcción de soluciones. La catedrática de la UTPL, Natacha Fierro Jaramillo, analiza cómo las brechas de acceso a recursos, educación y oportunidades aumentan su vulnerabilidad, mientras su liderazgo en la agricultura, la conservación de la biodiversidad y la organización comunitaria resulta clave para construir territorios más sostenibles.
Tiempo de lectura: 4 minutos

En las comunidades rurales, el cambio climático se expresa en la vida diaria de las personas y no solo en los discursos o los datos. En estos territorios, especialmente en América Latina, es evidente que las mujeres cumplen un rol central en la sostenibilidad de la vida cotidiana, al sostener la producción, el cuidado y la organización familiar y comunitaria en contextos cada vez más inciertos.

Durante mucho tiempo se asumió que los impactos de los desastres y del cambio climático afectaban de manera similar a hombres y mujeres. Sin embargo, actualmente existe un amplio consenso en que las desigualdades de género incrementan la vulnerabilidad de las mujeres frente a estos eventos. En este sentido, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha evidenciado que las brechas de género en el acceso a recursos productivos, servicios y toma de decisiones limitan significativamente la capacidad de adaptación de las mujeres rurales frente al cambio climático, situación que ha sido también señalada por la Organización Panamericana de la Salud y diversos estudios en la región.

Desigualdades que aumentan los riesgos climáticos

En zonas rurales de países como el nuestro, y particularmente en la Amazonía ecuatoriana, las mujeres suelen enfrentar mayores limitaciones en el acceso a recursos como la tierra, el crédito, la información técnica y los medios de transporte. Estas restricciones no son individuales, sino estructurales, y reducen su capacidad de adaptación y respuesta ante eventos climáticos extremos.

A esto se suma una división del trabajo marcada por el género. Las mujeres participan de forma significativa en la agricultura familiar, la economía informal y las actividades de subsistencia, generalmente en condiciones de precariedad. Esto las expone de manera diferenciada a fenómenos como sequías, inundaciones o pérdida de biodiversidad, que son cada vez más frecuentes en la región.

Una dimensión crítica es la doble carga de trabajo que enfrentan muchas mujeres. Además de las actividades productivas, asumen de forma mayoritaria las tareas de cuidado del hogar, los hijos y personas dependientes. Esta situación se intensifica en contextos de desastre, cuando el acceso a servicios básicos se limita y aumenta el tiempo destinado a tareas de supervivencia cotidiana.

En muchos contextos rurales, la migración masculina hacia centros urbanos o actividades temporales de empleo deja a las mujeres al frente de los hogares y de la producción. Esto incrementa su carga de trabajo sin que necesariamente aumente su capacidad de decisión, lo que profundiza las desigualdades existentes.

Los efectos del cambio climático también se expresan en el ámbito social. Diversos estudios han documentado el aumento de situaciones de violencia intrafamiliar y de género después de eventos extremos, lo que evidencia que los desastres no solo tienen impactos ambientales y económicos, sino también sociales.

Las niñas y adolescentes constituyen otro grupo particularmente vulnerable. En situaciones de crisis, muchas abandonan la escuela para apoyar en las tareas domésticas o contribuir a la economía familiar, lo que limita sus oportunidades educativas y perpetúa ciclos de desigualdad.

Mujeres que sostienen y transforman sus comunidades

Sin embargo, las mujeres no deben ser comprendidas únicamente desde la vulnerabilidad. En múltiples contextos rurales, ellas desempeñan un rol activo en la gestión de recursos naturales, la producción de alimentos y la organización comunitaria. Su participación es clave en los procesos de adaptación al cambio climático y en la reducción del riesgo de desastres.

De acuerdo con mi experiencia como técnico y extensionista rural, he observado en distintos territorios, especialmente en la Amazonía ecuatoriana, experiencias en las que las mujeres lideran procesos de agroecología, conservación de la biodiversidad, recuperación de saberes locales y desarrollo de bioemprendimientos. Estas acciones fortalecen la resiliencia de los sistemas productivos y contribuyen de manera directa a la sostenibilidad de los territorios.

Asimismo, en distintos países, diversos estudios han documentado que las mujeres han desempeñado un papel clave en la respuesta y recuperación frente a desastres asociados al cambio climático, asumiendo responsabilidades en la organización comunitaria, la gestión de recursos básicos y la reconstrucción de medios de vida, lo que evidencia su rol activo en la resiliencia de los territorios.

Su cercanía con las dinámicas del hogar y la comunidad les permite identificar necesidades de forma rápida y organizar respuestas colectivas, aunque este rol no siempre es reconocido en las políticas públicas.

La sostenibilidad también necesita igualdad

Por ello, el cambio climático en cualquier territorio no puede entenderse sin incorporar el enfoque de género. La evidencia internacional, incluyendo acuerdos como la Conferencia de El Cairo y la Plataforma de Acción de Beijing, ha señalado la necesidad de integrar esta perspectiva en las estrategias de desarrollo y sostenibilidad.

Sin embargo, aún existen brechas importantes en la implementación de este enfoque en las políticas climáticas y de reducción de riesgos, lo que limita la construcción de respuestas más justas y efectivas.

En este contexto, la Universidad Técnica Particular de Loja, a través de la Maestría en Bioeconomía, ha incorporado el módulo de Género y Bioeconomía, reconociendo su importancia estratégica dentro de la formación académica y profesional. Este módulo es clave porque permite comprender que los bioemprendimientos y los procesos de bioeconomía no pueden analizarse ni desarrollarse sin considerar las relaciones de género presentes en los territorios. En este sentido, se parte de una premisa fundamental: sin enfoque de género no hay sostenibilidad, ya que la sostenibilidad no es únicamente ambiental o económica, sino también social y cultural.

“El enfoque de género revela lo que los indicadores productivos ocultan: detrás de los promedios de productividad pueden existir profundas brechas de poder, ingresos y toma de decisiones”.

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