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Colombia en la encrucijada. Entre la promesa del cambio y el riesgo del deterioro democrático

Cesar Echezuria
Dialoguemos. EC
miércoles, abril 29, 2026
La reciente ola de violencia en Colombia no puede leerse como un episodio aislado. Este artículo reflexiona sobre señales de deterioro institucional, seguridad, economía y liderazgo político que, vistas en conjunto, plantean una preocupación mayor: si el país está entrando en una peligrosa encrucijada que las próximas elecciones podrían profundizar o corregir.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Hay países que no se derrumban de golpe. Se erosionan poco a poco.

No suelen hacerlo por un solo hecho dramático, sino por la acumulación de señales que muchos prefieren ignorar hasta que la crisis deja de ser advertencia y se convierte en realidad.

La reciente ola de violencia en Colombia —que revive escenas que creíamos superadas— debería leerse así: no como un episodio aislado, sino como un grave síntoma.

La paz que debilitó al Estado

Se ofreció una “paz total”. Pero en demasiados casos ha parecido una tregua que fortaleció a quienes desafían al Estado, debilitando la autoridad legítima.

Cuando los criminales son tratados como interlocutores privilegiados y la fuerza pública pierde respaldo moral y político, el mensaje se vuelve ambiguo: el Estado deja de disuadir, y pierde autoridad. Los violentos entienden eso y sacan partido.

La seguridad no puede verse solo como un discurso de derecha o izquierda. Es una condición de la democracia.

Cuando el cambio empieza a parecer improvisación

El país eligió hace cuatro años una promesa de transformación. Pero gobernar no es agitar consignas. Gobernar exige prudencia, preparación, técnica, límites institucionales y responsabilidad.

Las dudas sobre la gestión económica, la presión fiscal, el grave deterioro de servicios como salud y pensiones, los cuestionamientos sobre corrupción en los círculos de poder, y una política energética errática han alimentado una sensación inquietante: que el cambio ofrecido no encuentra rumbo. No es un asunto menor.

Las democracias no se desgastan solo por autoritarismos abiertos. También se debilitan por administraciones que erosionan lentamente la confianza, de sus ciudadanos, de sus empresarios, de sus potenciales socios en el exterior.

 

El caos institucionalizado

Más allá de episodios puntuales, lo que inquieta a muchos colombianos es la percepción de que los problemas no aparecen como accidentes de gestión, sino como síntomas de un deterioro más profundo. En estos años, junto con la fallida idea de la “paz total”, que ha permitido un visible fortalecimiento de los grupos armados ilegales, se ha extendido la sensación de un debilitamiento progresivo del Estado, de sus capacidades y de su autoridad.

A ello se suman inquietudes serias sobre el rumbo económico. El mal manejo fiscal, la incertidumbre regulatoria, la pérdida de confianza de sectores productivos, y decisiones marcadas más por pasiones ideológicas que por realismo económico —como la renuncia a explorar petróleo y gas sin una transición energética viable— han abierto interrogantes legítimos sobre el costo futuro de las decisiones presentes. Por no hablar de los comportamientos personales del presidente, que dejan dudas sobre su capacidad moral.

Tampoco puede ignorarse el desgaste institucional. Los cuestionamientos por corrupción en círculos cercanos al poder, las tensiones con los órganos de control. La degradación de la fuerza pública, así como la percepción de improvisación en áreas sensibles del Estado, han contribuido a generar una atmósfera de fragilidad que preocupa incluso a sectores que respaldaron la promesa inicial de cambio.

Hay, además, un elemento menos visible, pero no menor: la crecente descomposición social incubada en la polarización, en la erosión del respeto a las instituciones y en la narrativa según la cual toda crítica puede ser leída como enemiga. Cuando eso ocurre, las democracias empiezan a resquebrajarse.

Incluso en política exterior, donde Colombia solía ejercer un papel de equilibrio, se han producido tensiones difíciles de ignorar. La relación con Ecuador, por ejemplo, ha sufrido fricciones que han tenido costos reales para territorios fronterizos, empresas y empleos, mostrando cómo las diferencias ideológicas pueden terminar afectando a amplios sectores de la sociedad.

No se trata de afirmar que todos estos fenómenos tengan una sola causa, ni de desconocer complejidades históricas. Pero sí de advertir que, cuando varios retrocesos convergen al mismo tiempo, el problema deja de ser sectorial para convertirse en una cuestión de rumbo. En el rumbo que la cabeza decidió y va marcando.

El riesgo de normalizar el deterioro

Quizás lo más preocupante no sea cada error individual, sino la tendencia a normalizarlo. A normalizar el deterioro institucional.  A normalizar la polarización. Y más preocupa cuando eso se percibe como una meta.

Se ha normalizado la intimidación al contradictor. Se ha normalizado también que el presidente parezca estar en campaña permanente. Y se ha normalizado que la incertidumbre y la improvisación sean el método de gobierno.

Y todo eso tiene graves consecuencias.

La historia latinoamericana enseña que los proyectos personalistas y autoritarios rara vez terminan donde prometieron al empezar. Muy rápidamente se ve que solo eran quimeras o promesas para conseguir votos de incautos.

Elecciones que serán decisivas

Las próximas elecciones podrían representar más que una alternancia en el poder. Podrían ser una definición de rumbo.

Muchos colombianos sienten que no se disputa solo un gobierno de cuatro años, sino un modelo definitivo de país. Y esa preocupación merece ser escuchada sin caricaturas.

No se trata de sembrar miedo. Se trata de evitar ingenuidades.

Porque las democracias no se pierden en un quiebre abrupto, sino en decisiones sucesivas tomadas con resignación por las mayorías. Sin reflexión.

Colombia todavía puede corregir

A pesar de todo lo dicho, este no es un texto pesimista. Es una advertencia desde la esperanza.

Colombia sigue teniendo instituciones, ciudadanía crítica, un sector productivo vigoroso y una reserva democrática que no debe subestimarse. Eso quiere decir que aún puede corregir.

Pero, para corregir, primero hay que reconocer. La democracia no muere solo cuando la destruyen. Muere también, sobre todo, cuando sus ciudadanos dejan de defenderla.

Y esa es hoy la pregunta de fondo: no qué país está dejando este gobierno… sino qué país están dispuestos los colombianos a preservar.

Todavía hay tiempo. Pero no de sobra

Hay momentos en la historia de las naciones en que votar deja de ser una simple alternativa política para convertirse en una decisión sobre el rumbo mismo del país.

Colombia ha entrado ya en uno de esos momentos.

Porque lo que está en juego no es solo quién gobierne después, sino corregir a tiempo las señales de deterioro que, de profundizarse, podrían comprometer los equilibrios que costó tantas décadas construir.

Todavía hay reservas institucionales, ciudadanía crítica y una tradición democrática capaces de evitarlo. Pero ninguna democracia se preserva por inercia. Hay que defenderla.

Porque las naciones no pierden su rumbo de un día para otro. Lo pierden cuando sus ciudadanos no reaccionan, cuando dejan de advertir los riesgos, o los advierten demasiado tarde.

Ojalá Colombia lo entienda a tiempo.

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