Ha sido un hábil juego de campaña. Ha sido al mismo tiempo verdugo y víctima. Ha golpeado el voto latino, pero se ha cuidado de no herir el afroamericano. Ha hablado mal de los mexicanos, pero se ha dado el lujo de visitar al presidente de ese país, Enrique Peña Nieto, en su propia casa y decir después que los mexicanos sí tendrán que pagar por el muro de la frontera que ha ofrecido, el de la indignidad.
Ha amenazado con llevar a prisión a su rival, Hillary Clinton, y el FBI le ha acompañado en esa campaña junto a Julian Assange de los WikiLeaks. No ha sido visto con simpatía por las élites republicanas, pero esas ahora inclinan sus brazos a su favor, Paul Ryan y Ted Cruz incluidos.
De revertirse los sondeos, Donald Trump probaría que la política que sirve, en la del más puro pragmatismo, es la del insulto y la de la descalificación. Que de nada sirve la indignación causada por oírle jactarse de llevar a cabo actos de abuso sexual, gracias a la fama y el poder del candidato.
De revertirse los sondeos, Trump pasaría a convertirse en el Hugo Chávez de América del Norte. En la pedantería y arrogancia que llega al poder gracias a la indiferencia de sus ciudadanos y que somete a sus ciudadanos gracias al poder que le ha dado esa indiferencia.
Hay gente con sed de poder, de más poder, de mucho poder. Y el señor Trump es una prueba de ello.
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