En muchas fincas agropecuarias la atención suele quedarse en lo más visible, en aquello que se puede pesar, vender o llevar al mercado, y así se va instalando la idea de que la riqueza está únicamente en los cultivos que se cosechan o en los animales que se venden. Pero cuando uno recorre con calma el campo y observa cómo funciona realmente el sistema productivo, entiende que hay otros elementos permanentes y valiosos que forman parte de la dinámica diaria, recursos que no siempre reciben la importancia que merecen y que, sin embargo, sostienen silenciosamente la fertilidad y el equilibrio de la finca. Es justamente en ese punto donde aparece el estiércol, no como algo externo ni accidental, sino como una expresión natural del propio funcionamiento del sistema.
Un flujo permanente dentro del sistema productivo
El estiércol acompaña la vida diaria del productor desde el primer día, está presente en los corrales, en los potreros, en los galpones y en las áreas de descanso, lo generan los bovinos cuya bosta, como se le llama en muchos países, es quizá la forma más conocida. Pero también los cerdos, cuya porquinaza o purín de cerdo es común en sistemas intensivos, las gallinas que producen gallinaza, los pollos de engorde que generan pollinaza, así como los cuyes cuya cuyinaza o también llamado guano, es habitual en zonas andinas, las cabras que aportan caprinaza y los borregos cuya ovinaza también forma parte del ciclo productivo, todos como resultado normal de su alimentación y de su proceso digestivo, de modo que no se trata de algo eventual sino de un flujo permanente de materia orgánica que se produce todos los días sin depender del clima ni de los precios del mercado. Y aunque a simple vista parezca un residuo que hay que limpiar, en realidad es una materia prima generada dentro de la propia finca que debe ser valorada en su justa dimensión.
La magnitud productiva del estiércol
Si ampliamos un poco la mirada y analizamos algunos datos concretos, la importancia se vuelve todavía más evidente. Es así que, técnicamente, conocemos que un bovino puede producir alrededor del seis por ciento de su peso vivo de estiércol cada día. Esto significa que un animal de unos 350 kilogramos genera cerca de 20 kilogramos diarios, una cifra que, aislada, puede parecer pequeña, pero que cambia por completo cuando hablamos de un hato de 100 animales, donde la producción diaria puede rondar los 2.000 kilogramos, superando las 60 toneladas al mes y alcanzando aproximadamente 730 toneladas al año. Si a eso sumamos lo que aportan otras especies con estiércoles de mayor concentración de nutrientes, entendemos que estamos frente a uno de los recursos más estables y predecibles del sistema productivo.
Diferentes estiércoles, diferentes aportes
Ahora bien, no todos los estiércoles son iguales y ahí radica parte del desafío técnico, porque el bovino aporta gran cantidad de materia orgánica y mejora la estructura del suelo; por ejemplo, la gallinaza se caracteriza por su elevada concentración de nitrógeno, fósforo y potasio, la porquinaza ofrece un enorme potencial para procesos de biodigestión y la caprinaza, la ovinaza y la cuyinaza aportan nutrientes de rápida disponibilidad muy útiles en la producción de hortalizas, de modo que conocer estas diferencias permite ajustar el manejo a las necesidades reales de cada cultivo y aprovechar mejor lo que ya se tiene.
En este punto, el cambio de mirada deja de ser un simple discurso y se convierte en una decisión productiva, porque el productor pasa de ver el estiércol como un problema sanitario que debe retirarse cuanto antes a reconocerlo como un recurso que influye directamente en los costos, en la fertilidad del suelo y en la sostenibilidad del sistema, entendiendo que cada kilogramo mal manejado es fertilidad que se pierde y que cada kilogramo bien aprovechado es una inversión que regresa en forma de mayor productividad y menor dependencia de fertilizantes externos. En términos económicos esto significa reducir gastos y fortalecer la sostenibilidad de la finca.
Impactos ambientales y manejo responsable
Desde el plano ambiental el impacto también es claro, ya que un manejo adecuado contribuye a mejorar la estructura del suelo, aumentar la retención de agua, estimular la vida microbiana y favorecer el almacenamiento de carbono, fortaleciendo la resiliencia frente a sequías o lluvias intensas, aunque este potencial solo se concreta cuando se trabaja con responsabilidad sanitaria, porque el estiércol es materia orgánica viva y, si proviene de animales enfermos o no recibe tratamiento adecuado, puede convertirse en fuente de patógenos, razón por la cual prácticas como el compostaje y la biodigestión no deben verse como opcionales sino como parte esencial del manejo.
Biodigestores y economía circular en la finca
Precisamente los biodigestores permiten dar un paso adicional al transformar ese flujo constante de materia orgánica en biogás para autoconsumo energético y en subproductos como biol y biosólidos que pueden emplearse como fertilizantes de calidad, cerrando así ciclos de nutrientes, reduciendo emisiones y mejorando la autosuficiencia del sistema. Esto demuestra que el verdadero desafío no está en cuánto estiércol se produce sino en cómo se lo gestiona y qué destino se le asigna.
Y cuando los productores aprenden a aprovechar mejor lo que se genera en la finca, no solo se mejoran los suelos o se reducen los costos, también se fortalece la estabilidad económica y la seguridad de las familias que dependen de ella, se abren espacios para la capacitación y la innovación local y se consolida un modelo más sostenible en el tiempo, de manera que invertir en conocimiento y en manejo integral del estiércol no es un gasto adicional sino una estrategia de futuro, porque en la ganadería muchas veces el progreso no llega desde afuera sino que ya está presente todos los días, esperando que sepamos reconocerlo y utilizarlo con criterio.
Cambiar la percepción de residuo a recurso estratégico implica tomar decisiones técnicas, económicas y ambientales que fortalecen la autonomía y la sostenibilidad de la finca, demostrando que muchas veces el verdadero potencial productivo ya está presente dentro del propio sistema.
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El estiércol, de residuo a recurso productivo estratégico