Desde el trabajo cotidiano en el campo y el contacto directo con las familias ganaderas, se hace cada vez más evidente que producir no consiste únicamente en administrar insumos, sino en comprender y gestionar la producción agropecuaria como un sistema integral. En este contexto, la observación atenta, la lectura del entorno y el respeto por los procesos naturales se consolidan como herramientas tan valiosas como cualquier tecnología disponible, tomando decisiones más conscientes, eficientes y sostenibles.
Con el tiempo, el productor aprende que no siempre el frasco más caro ofrece la mejor solución y que producir mejor no significa aplicar más, sino comprender más. Resulta muy lamentable ver como una idea absurda queriendo dominar la naturaleza era el camino más rápido hacia la productividad, como si los procesos naturales fueran un obstáculo y no un aliado a favor; de esta forma la observación fue reemplazada por la imposición y el conocimiento del campo por recetas y paquetes externos.
Producir no es aplicar más, sino comprender mejor
Claro está que, bajo esta lógica, se nos enseñó que producir más implicaba usar más agroquímicos, más veneno para la garrapata, más fertilizantes para el pasto y más concentrados y suplementos para el animal. Y es que, sin darnos cuenta, comenzamos a ganar pequeñas batallas mientras perdíamos la guerra más importante. Hoy no estamos fortaleciendo los sistemas productivos, sino entrenando parásitos cada vez más resistentes, animales más dependientes y explotaciones más frágiles; incluso la selección animal dejó de priorizar la adaptación al entorno para enfocarse únicamente en la apariencia o el rendimiento inmediato.

Producir no es aplicar más, sino comprender mejor
Si bien es cierto, este uso indiscriminado de insumos agroquímicos no surge solo por desconocimiento, en efecto son varios factores que han contribuido a ello, la falta de mano de obra en el campo, el envejecimiento de la población rural y la escasa participación de las nuevas generaciones en las actividades agropecuarias han empujado a buscar soluciones rápidas y simplificadas, de esta forma cuando falta tiempo, personas y acompañamiento técnico adecuado, el agroquímico se convierte en una solución, aunque a largo plazo resulte más costoso y perjudicial.
Sin embargo, cuando el productor se detiene a observar con calma y escucha lo que el campo le está diciendo, se hace evidente que la naturaleza siempre va un paso adelante, cada intervención sin criterio rompe equilibrios, elimina aliados invisibles, degrada el suelo y contamina el ambiente y el agua. De esta manera, la productividad termina atada a insumos externos que encarecen el sistema y lo vuelven vulnerable, por lo tanto, no es casual que se haya optado por los monocultivos o por encerrar a los animales para engordarlos rápidamente, aun cuando estas prácticas interrumpen procesos naturales que antes funcionaban naturalmente.
Capacitar para recuperar la lectura del campo
Es en este contexto, en donde lo procesos de formación y capacitación rural adquiere un valor distinto, ya que, no se trata solo de enseñar qué productos aplicar, sino debemos ir algo más profundo para tratar de recuperar la capacidad de leer el sistema productivo, entender ciclos, tiempos y relaciones. Cada vez más productores descubren que cuando se trabaja respetando los ritmos naturales, imitando procesos y aprovechando los servicios que brinda el ecosistema, el sistema se vuelve más estable, resiliente y, a largo plazo, más rentable. Así, la dependencia innecesaria de insumos comienza a disminuir.
Las capacitaciones que realmente dejan huella no son aquellas donde se memorizan nombres comerciales, sino los que enseñan a mirar y comprender los recursos disponibles., estos espacios formativos deben ser escuelas para aprender a manejar los recursos y sistemas de producción con criterio, a mejorar la nutrición desde el suelo hacia el animal y a elegir animales funcionales al ambiente en el que viven. No cabe duda de que un animal bien alimentado, con menor estrés y un manejo adecuado, enfrenta mejor parásitos como la garrapata y otros problemas sanitarios que aquel sometido de forma constante a desequilibrios.
Es importante recordar que los cambios más duraderos no surgen de medidas drásticas, sino de ajustes conscientes y progresivos. Detenernos a observar antes de intervenir, registrar lo que ocurre en la finca, evaluar los resultados y aprender de los errores permite tomar decisiones con mayor criterio y coherencia; es en este proceso donde las buenas prácticas dejan de ser una teoría y se convierten en decisiones cotidianas que orientan el trabajo en el campo.
Aplicar buenas prácticas no significa retroceder ni producir menos; significa avanzar con inteligencia, implica racionalizar el uso de insumos, emplear el control químico únicamente cuando es necesario y hacerlo de manera responsable, confiando más en el conocimiento y menos en la imposición. Cuando el productor comprende este enfoque, recupera algo fundamental: la autonomía. Vuelve a sentirse parte del sistema productivo y no su dueño absoluto.
Mientras no aprendamos a imitar a la naturaleza, seguiremos en conflicto con ella; sin embargo, cuando comprendemos que producir también es cuidar, que capacitar es acompañar y que reflexionar es tan importante como actuar, el campo comienza a transformarse y, al cambiar la forma de producir, se abre una oportunidad real para construir sistemas productivos más sanos, sostenibles y humanos. Ese es el desafío y, al mismo tiempo, la oportunidad de aprender juntos a producir mejor, caminando al ritmo de la naturaleza y no en contra de ella.
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