Paulo Freire: Muy bien, yo sé, ustedes no saben. Pero ¿por qué yo sé y ustedes no saben?
Campesino: Usted sabe porque es doctor. Nosotros no.
Paulo Freire: Exacto. Yo soy doctor. Ustedes no. Pero ¿Por qué yo soy doctor y ustedes no?
Campesino: Porque usted fue a la escuela, ha leído, estudiado y nosotros no.
Paulo Freire: ¿Y por qué fui a la escuela?
Campesino: Porque su padre pudo mandarlo a la escuela y el nuestro no.
Paulo Freire: ¿Y por qué los padres de ustedes no pudieron mandarlos a la escuela?
Campesino: Porque eran campesinos como nosotros.
Paulo Freire: ¿Y qué es ser campesinos? – Es no tener educación ni propiedades, trabajar de sol a sol sin tener derechos ni esperanza de un día mejor.
Paulo Freire: ¿Y por qué al campesino le falta todo eso?
Campesino: Porque así lo quiere Dios. …….
En muchas comunidades, se escucha decir que la pobreza y la falta de oportunidades son porque “así lo quiere Dios”. Es una creencia que viene desde siempre, enraizada y enseñada de generación en generación, como voluntad divina, lo que hace que muchos acepten su situación con resignación, como si fuera algo que no se puede cambiar.
Paulo Freire, en su libro Pedagogía de la esperanza, nos muestra que esta idea no es más que una forma de mantener la desigualdad. En su conversación con campesinos, él pregunta por qué algunos tienen la oportunidad de estudiar y otros no, a lo cual poco a poco, los propios campesinos llegan a una verdad que antes no se habían cuestionado “La pobreza y la miseria no viene de Dios, sino de un sistema cuya estructura de poder siempre ha favorecido a unos pocos a costa del trabajo de muchos”
Cuando uno de los campesinos dice que su situación es voluntad divina, Freire le pregunta algo clave: “Si tuvieras tres hijos, ¿sacrificarías a dos para que solo uno tenga una vida mejor?” La respuesta del campesino, lógicamente es un rotundo no. Entonces, si nosotros mismos, siendo gente común, no seríamos capaces de hacer algo así, ¿cómo podríamos creer que Dios sí lo haría?
Evidentemente este tipo de reflexión nos hace abrir los ojos, Freire nos invita a cuestionar las bases de la desigualdad y la opresión, y reflexionar para despertar la conciencia crítica que nos permita dar un primer paso hacia la transformación social, es en este despertar donde radica la verdadera posibilidad de cambio. Entender que la injusticia no es un destino inevitable, sino una construcción humana, nos permite asumir el reto de transformarla.
Comprender que la pobreza y la falta de educación no son un castigo ni una prueba divina, sino el resultado de decisiones y estructuras que han mantenido a los más ricos con poder y a los más pobres sin opciones haciéndonos creer que así debe ser, porque mientras pensemos que la injusticia es parte del orden natural sumisión y conformismo, nadie la cuestionaría ni lucharía por cambiarla.
Acertadamente, Freire nos dice que la educación es la clave para romper este ciclo, no se trata solo de aprender a leer y escribir, sino también a aprender a desprender, y de entender el mundo de otra manera, de hacer preguntas y buscar respuestas que nos ayuden a cambiar lo que nos afecta. Claro está, que no es fácil, pero el primer paso es dejar de creer que el destino está escrito y empezar a pensar que sí es posible construir algo mejor.
Al final, Dios no quiere la pobreza de nadie. La pregunta es: ¿quiénes sí la quieren y por qué? Por eso, como extensionistas y asesores de cambio en las comunidades rurales, tenemos una gran responsabilidad, no solo llevar conocimientos técnicos, sino también de abrir espacios de reflexión que ayuden a romper estos pensamientos que limitan el futuro. Porque la pobreza no es solo la falta de dinero, sino también la falta de fuerza para creer en el cambio y luchar por él. No al conformismo, sí a la acción y la esperanza de un cambio real.
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