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La semaforización

Juan Tibanlombo (+)
Dialoguemos EC
jueves, abril 30, 2020
Alguien dijo que este momento es un punto de inflexión: o el país se impulsa para adelante o vuelve a ver el abismo del que puede salir cualquier leviatán con aires de salvador
Tiempo de lectura: 2 minutos

Desde el 4 de mayo el país entra en un sistema de semaforización inédito, no solo en Ecuador sino en todo el mundo, con unas medidas de restricción obligatorias para todos los ciudadanos, incluidos quienes están en la primera línea del combate a la pandemia del coronavirus. El Gobierno ha puesto un marco regulatorio sobre cómo se desarrollarán las actividades con la prioridad del servicio de entrega a domicilio. Muchos comercios minoristas trabajan en asociatividad con el desarrollo de aplicaciones que permitan el menor contacto entre las personas, como el uso de pago por medios electrónicos.

Muchos Municipios han trabajado en conjunto con el Gobierno para analizar los escenarios de la desescalada del aislamiento, al igual que las empresas con sus maquinarias paradas, las imprentas sin producir, los proyectos estancados, la cadena productiva de negocios no relacionados con áreas estratégicas en punto muerto, las terminales y aeropuertos congelados en el tiempo, los parques cerrados, los deportistas de alto rendimiento con sus sueños frustrados, el balón detenido en el centro de la cancha, los cines sin consumidores de palomitas de maíz y coca colas dietéticas o grado cero azúcar…

La prioridad, sin duda, en estos momentos es quedarse en casa, pero alguien debe dar un horizonte sobre el después, sobre el cuándo y cómo, porque el confinamiento indefinido no solo conlleva problemas de subsistencia física sino mental. Depresión y angustia han sido los problemas más frecuentes atendidos en las líneas habilitadas por las universidades para dar soporte a quienes lo necesiten.

La hoja de ruta para la desescalada, por el momento, está ahí. No todos la quieren asumir en un país tan pequeño donde prima todavía el boicot a cualquier iniciativa. Los alcaldes primero reacios a asumir una corresponsabilidad en la administración de las ciudades, de su motor económico y lúdico. Una Asamblea con grupos políticos empecinados en ver cómo sacan provecho de la crisis, más preocupados en una sentencia judicial que en el país. Tal vez los grandes futuros perdedores en un escenario electoral complejo. Un Consejo de Participación Ciudadana que demostró en esta crisis que su grado de inutilidad e intrascendencia era mayor al pensado, porque consume recursos que bien pudieran estar orientados a la emergencia sanitaria.

El miedo a la desescalada o semaforización parece ser mayor al de la pandemia. Y es justificable en unos casos porque hay una sana preocupación por la vida. Las lecciones de correcta administración de una crisis con imágenes de un expresidente recorriendo con megáfono en mano calles devastadas por un terremoto sobran y aburren, porque ni siquiera en esa crisis dejaron el despilfarro. Porque el destino de los recursos recaudados en 2016 por el incremento en dos puntos del IVA, el aporte de un día de sueldo de todos los trabajadores durante ocho meses al igual que el de las utilidades de las empresas sigue siendo incierto.

Alguien dijo que este momento es un punto de inflexión: o el país se impulsa para adelante o vuelve a ver el abismo del que puede salir cualquier leviatán con aires de salvador. Un punto de inflexión en el que los egos sobran y las virtudes faltan o se practican en silencio. Es mejor pensar que lo segundo supera a lo primero.

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