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Vivimos una época de cinismo, además de la violencia


Antonio Santos Rumbea
Universidad Católica de Santiago de Guayaquil
domingo, octubre 27, 2019
La única forma de no caer en los populismos es rechazar al canalla con claridad, porque el canalla tiene la capacidad de afinarse y perfeccionarse. Lo primero es recusar a los canallas no solamente en nuestra vida privada, porque lo público y lo privado no son dos cosas distintas, no puede haber alguien que sea una miseria en lo privado y una estrella en lo público

Los hechos violentos suscitados en las protestas en algunos países de la región, entre ellos Ecuador y Chile, revela la existencia de una estrategia de supervivencia de Cuba, que se ha mantenido 60 años primero gracias al apoyo de la Unión Soviética; cuando pierde ese apoyo por su desintegración sobreviene una gran crisis en La Habana. Una crisis que, de alguna manera, logra manejar, gracias a la coyuntura geopolítica y la entrada en escena de Hugo Chávez como un aliado estratégico importante.

Los violentos están conscientes de que son ellos o nada, por eso asistimos a manifestaciones tan dantescas donde hay gente que se está lanzando a matar.

Con la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín hay grupos que se quedan sin fundamentos; muchos de los alineados con esa ideología se dispersan y otros se organizan con base en proyectos políticos unos e ideológicos otros, porque se quedaron sin líneas programáticas.

Nadie puede desconocer la existencia de la inequidad en el mundo, una inequidad mucho más visible en América Latina. Y los populismos están enfocados a capitalizarla ya sean vestidos de izquierda o derecha. Eso en realidad es un poco accesorio, porque realmente apuntan a la irrupción en el poder, fundamentados en ese malestar.

En América Latina ese malestar se acentuó en los años noventa, cuando las élites perdieron el control. En esos años hice un estudio donde se pudo determinar uno de los aspectos que caracteriza a los distintos electores en diferentes países del mundo: todos estaban cansados del perfil del político tradicional.

Y si se mira en retrospectiva es posible hallar un denominador común en los países donde irrumpieron los políticos no tradicionales, quienes de algún modo siguieron la fórmula electoral democrática para llegar al poder, aunque no creían que lo electoral sea lo democrático. Por supuesto que hay elementos mucho más importantes que lo meramente electoral, relacionados con la capacidad de juicio o de construcción de una ciudadanía de lo que se habló hace algún tiempo en este país, aunque luego pasó al olvido.

Todo lo que hemos tenido aquí en América Latina ha sido el intento de replantear el ámbito del statu quo político, como por ejemplo fue el final de la hegemonía del PRI en México.

 

En Argentina aparece Carlos Menem, que llega desde el justicialismo, pero con una plataforma distinta, otro discurso, hasta una presentación física diferente: patilludo, melenudo, después se pondrá botox y se casará con Cecilia Bolocco; en Ecuador, Abdalá Bucaram; en Venezuela, Hugo Chavez; en Perú, Alberto Fujimori, que no llegaba desde el ámbito de la política; en Colombia, Álvaro Uribe, un personaje por fuera de los grupos tradicionales turnados en el poder.

Todo lo que hemos tenido aquí en América Latina ha sido el intento de replantear el ámbito del statu quo político, como por ejemplo fue el final de la hegemonía del PRI en México.

¿Qué nos dice eso?

Hay un electorado cansado del perfil del político tradicional que busca y ensaya con otros modelos, otras propuestas. Y en esa coyuntura aparece el socialismo del siglo XXI, un Frankenstein conceptual, una mezcla de distintas cosas que parte de una tesis central: los países de América Latina tienen un conjunto de instituciones y prácticas de la cuales emana pus.

En esta idea o proyecto se juntan quienes seguían en la línea de esos grupos desplazados tras la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín; los tecnócratas siempre alineados con quien esté en el poder, y un tercer grupo al que llamo los listos, llegados ahí por negocios.

En todos los casos alguien actúa como el articulador; en el caso del Ecuador fue Rafael Correa quien logra juntar a los unos y a los otros, aunque luego se deshizo del MPD, de ciertos sectores de los indígenas para quedarse con los que podía gobernar con tranquilidad porque estaban conscientes de que él era su mal menor.

Son grupos con tendencia hacia la izquierda con un trabajo de muchas décadas en la Unión Soviética, China y Cuba, gente preparada para el conflicto, asociada con los tecnócratas y los listos. El resultado, la Venezuela de Hugo Chávez; todo lo que hicieron en Ecuador con su revolución ciudadana, con reformas direccionadas a perjudicar a la clase media al bajar, por ejemplo, la penalidad a quien roba menos de 600 dólares. ¿A quién les roban 600 dólares? Al de la clase media.

Cuando se establece la violencia como un modo estandarizado de convivencia aparece el cinismo, porque pasan tantas cosas y no pasa nada. No es posible imaginar cómo otros países dan sus votos para sentar en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a Venezuela donde su régimen mata gente y ha sido reconocido como violador de los más elementales Derechos Humanos.

 

Yo pienso que vivimos una época de cinismo, además de la violencia vista en las últimas protestas en Ecuador y Chile. Una violencia que en algún momento puede hacer estallar al mundo. Si se juegan demasiado mal las cartas puede haber conflictos que golpearán al ciudadano común, destinado a ser arrastrado por turbas anónimas.

Cuando se establece la violencia como un modo estandarizado de convivencia aparece el cinismo, porque pasan tantas cosas y no pasa nada. No es posible imaginar cómo otros países dan sus votos para sentar en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU a Venezuela donde su régimen mata gente y ha sido reconocido como violador de los más elementales Derechos Humanos. Eso también genera un descontento en el electorado. Es una mala idea pensar que el electorado es estúpido, de algún modo siempre está buscando o esperando un redentor.

El problema es que generalmente el redentor es un canalla, como buen sicópata. El sicópata es un gran actor. No es un ser oscuro. Jack el Destripador seguramente fue todo lo contrario, muy simpático, muy agradable y muy seductor. Muchas veces el electorado busca un redentor, pero se topa con sicópatas.

La única forma de no caer en los populismos es rechazar al canalla con claridad, porque el canalla tiene la capacidad de afinarse y perfeccionarse. Lo primero es recusar a los canallas no solamente en nuestra vida privada, porque lo público y lo privado no son dos cosas distintas, no puede haber alguien que sea una miseria en lo privado y una estrella en lo público. Esa ética es necesaria, porque vivimos en un espacio donde se ha enfatizado en los valores y no en los principios.

¿Hitler tenía valores? Claro que los tenía, pero no tenía principios. Los valores están en un espejo social, con el culto a la imagen, hacia los signos de la imagen que se los toma como comunicación. Son los signos de nuestro tiempo.

No se puede tratar con diplomacia aquello que no es del orden de la diplomacia, a aquellos acostumbrados a ir a congresos y asambleas a dar sus discursos, a que las cámaras les tomen desde su mejor ángulo. Él no va en busca de acuerdos por el bien común, porque ese bien común en su mundo es una payasada.

 

Cuando alguien está frente a un asesino en serie o un violador e intenta hacerle reflexionar sobre el daño que hace a la sociedad, la reacción del sicópata será tratar de imbécil, débil o fracasado a su interlocutor.

No se puede tratar con diplomacia aquello que no es del orden de la diplomacia, a aquellos acostumbrados a ir a congresos y asambleas a dar sus discursos, a que las cámaras les tomen desde su mejor ángulo. Él no va en busca de acuerdos por el bien común, porque ese bien común en su mundo es una payasada. En su mundo solo existe una lucha, un conflicto que debe manejar.

2 Comments

  1. Pablo 27 octubre, 2019

    De acuerdo con el autor, esta nueva ola se levanta básicamente sobre la base del CINISMO, mienten con desparpajo, reconocen una ilegalidad como algo sin importancia, te dicen en la cara que todo es por tu bien, y acusan a algún grupo poderoso con el único culpable a quien combatir, te crean un enemigo (pelucones)
    Comparto su de desenmascarar al canalla, para no caer en el populismo, el problema pasa porque su discurso populista disfrazado le da el apoyo popular que necesita para ser poder.
    Generalmte son encantadores y dominan la escena.
    El problema se lo debe atacar con la educación.
    Desenmascarar al populista es cultural.
    Preparar nuevos cuadros culturalmente para que ellos sean los fúturos gobernantes.

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