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Fusión cuestionable

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La fusión de ministerios ya es realidad. El viernes pasado el presidente firmó tres decretos mediante los cuales desaparece a cuatro ministerios y otras dos entidades. El lector casual del diario concluirá que se reduce el gasto público. Pero a lo sumo se suprimirán ciertos cargos del despacho ministerial, y el ministro saliente se preocupará por reubicar a sus leales colaboradores. Nada trascendental. El motivo es otro.

Cada presidente que se posesiona se frustra ante la falta de ejecutividad de la burocracia, y por lo tanto busca reestructurarla. Presumo que Daniel Noboa encuentra que cada ministerio va por su lado, no hay coordinación.

Veamos un ejemplo. El ministro de la Producción tiene entre sus objetivos conseguir inversión extranjera. Arma un paquete de alicientes para que una inversionista emprenda en un proyecto. Entre los requisitos de la inversión está hacer un estudio de impacto ambiental. Lo realiza y manda al Ministerio de Ambiente para su aprobación, que lo archiva. Cuando finalmente es aprobado, el proyecto pasa al Ministerio de Finanzas, que veta los incentivos en el contrato por ser gasto tributario. Que los tres ministerios coincidan es tan difícil como que todas las ruedas de un tragamonedas se detengan en la misma imagen y la máquina desembuche monedas.

Ante esta descoordinación el presidente opta por fusionar ministerios. Para mejorará la coordinación, como se ha dado en el sector energético con la fusión de Energía con Ambiente: se han aprobado estudios ambientales represados de empresas petroleras.

Pero ahora DNA se tropezará con el problema inverso, que es el que llevó a sus antecesores a multiplicar los ministerios: el poder de decisión en un ministerio está concentrado en el ministro, y el ahora superministro agobiado con tantas decisiones que tomar, atenderá la cartera que vea más importante y desatenderá las otras.

El sucesor de Noboa se enfrentará al problema de la desatención de áreas, y dirá: la solución es dividir los superministerios. Desde hace décadas los gabinetes se expanden y comprimen como acordeón.

Hay un caso particularmente preocupante: la absorción del Ministerio de la Producción (que agrupa a los anteriores ministerios de Industrias, Comercio Exterior, y Turismo) y de Agricultura (que absorbió al de Pesca) por parte de Economía y Finanzas, que pasará a llamarse Ministerio de Desarrollo Económico y Productivo. Preocupa porque la voz cantante la tendrá el Ministerio de Economía y Finanzas, que en realidad no tiene nada de Economía: es todo Finanzas.

El buen manejo de las finanzas públicas es indispensable, pero la perspectiva de un contador no es la adecuada para una estrategia de desarrollo. Que se fusionen los ministerios, pero dejando fuera a Finanzas, para que se dedique a mejorar las cuentas públicas. Por ejemplo, un proyecto para montar una fábrica de autopartes, que pretende cubrir el mercado interno con el 5 % de su producción, y exportar el 95 %. Un ministerio de desarrollo le daría algún beneficio tributario, temporal, por lo menos la exención del ISD para la importación de bienes de capital. A Finanzas le da lo mismo si es una nueva actividad, dirá no por ser gasto tributario. Con Finanzas de timonel, adiós agenda de desarrollo.

Artículo publicado en EL UNIVERSO el 21 de junio de 2026                                                                                                                      Foto: Palacio presidencial de Carondelet                                                                                                                                                   Crédito: Carlos Granja Medranda / El Universo

 

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