Historiador es quien enfrenta la historia, el que explora archivos, lee los testimonios y las crónicas, y esa apasionante narrativa de la vida real que, si se la sabe interpretar, permite rescatar personajes, triunfos, derrotas, convicciones y palabras.
Historiador es el que propicia la tarea de contar los hechos en el contexto en que ocurrieron, el que logra desentrañar la circunstancia de cada evento y transmitir lo que significa la fortaleza de los héroes o la angustia de las víctimas.
Historiador es quien se atreve con el pasado de un país y con la difícil tarea de reconstruir una batalla, describir la importancia de un hecho y la trascendencia de un correo que galopa en una mañana de hace siglos.
El que sabe lidiar con los perfiles de los hombres, con la compleja realidad de un tiempo, con la importancia de una ciudad de conventos y tejados, de secretos y de luchas, de calles con tumultos o silencios, ese es historiador.
Y lo es quien tiene talento para meter en algunas cuartillas las vivencias de una gesta, la grandeza de algunos y la miseria o el drama de un pueblo.
Historiador es quien entre el aluvión de información, libros y folios acierta en la comprensión del tiempo de un pueblo, es quien se aproxima con certeza a su cultura y, bregando entre datos y palabras, halla el dato esencial, el que define a un país y a una época, el que valora objetivamente una conducta.
Historiador es quien descubre el significado de una revolución, la importancia de la paz y la trascendencia de la república; el que advierte el valor del derecho, el que navega entre dudas, pero intuye las certezas.
Historiador es el intelectual que tiene el talento que permite asumir a cabalidad el sentido de la palabra libertad y la trascendencia del concepto de independencia.
Es el que sabe el valor de una carta, la clave de un diálogo, el que conoce el pulso de los días y las limitaciones de un pueblo.
Es quien encuentra lo que los archivos ocultan, el que traduce en un texto la firmeza de un hombre, los triunfos y los fracasos.
Es el que sabe que esa “literatura de los hechos y de los hombres” pertenece a una comunidad y al momento de una tierra.
Es quien conoce que el país, más allá de batallas y constituciones, es una dimensión moral.
Es el que entiende lo que significó Quito y sus rebeliones, y por qué fue Pichincha de ese modo, y es el que relata cómo los soldados de Lavalle llegaron desde la pampa hasta Tapi, el que conoce las fuentes de los hechos y las consecuencias de la suprema decisión de la independencia
Es historiador quien relata cómo se formó la conciencia nacional, el que sabe que los caudillos suplantaron a las instituciones y el que enseña la caducidad de un imperio. Y el que, más allá de los episodios resonantes, cuenta cómo fue la vida cotidiana, el día a día de los hombres y cómo nos marcaron las mujeres valientes.
Es quien entiende, desde la distancia del tiempo, el significado de un país y las pasiones de una nación.
Ese historiador fue don Jorge Salvador Lara.
Foto: El diplomático e historiador Jorge Salvador Lara en una foto de archivo.
Crédito: El Universo
Artículo publicado en EL UNIVERSO el 25 de junio de 2026

