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Cuidar el suelo es cuidar la vida: aprendizajes desde la práctica agropecuaria en el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía

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Hay aprendizajes que no nacen en el aula ni en los libros, sino en el camino, recorriendo el campo, conversando con quienes viven de la tierra y deteniéndose a observarla de cerca, tocándola, oliéndola, entendiendo su comportamiento… y también reconociendo cuándo empieza a cambiar, cuando ya no responde igual, cuando produce menos y da señales de agotamiento

El suelo: un sistema vivo que sostiene nuestro futuro

En esos momentos uno comprende que el suelo no es solo un recurso, es un sistema vivo que muchas veces hemos dado por sentado y que hoy nos exige atención con una urgencia que ya no podemos ignorar.

La degradación de la tierra amenaza la seguridad alimentaria

Hace más de una década, la Organización de las Naciones Unidas advertía que alrededor de 1.500 millones de personas estaban siendo afectadas por la degradación del suelo y que millones de hectáreas se volvían improductivas cada año por la desertificación, cifras que hoy se sienten más cercanas, sobre todo al recorrer comunidades del sur del Ecuador donde la fertilidad ha disminuido, el agua es más irregular y los cultivos evidencian ese desgaste.

Comprender esto es entender que el suelo sostiene la vida, porque de su salud depende la seguridad alimentaria, es decir, la posibilidad de producir alimentos suficientes, nutritivos y adecuados, y cuando el suelo se degrada, esa base se debilita, bajan los rendimientos, aumentan los costos y las familias rurales enfrentan mayores riesgos.

A este escenario se suma el cambio climático, que intensifica las sequías, altera los ciclos de lluvia y acelera la degradación, lo que nos obliga a replantear la forma en que producimos, no se trata solo de producir más, sino de hacerlo mejor, de manera sostenible, cuidando el suelo para garantizar su capacidad productiva en el tiempo.

Sin embargo, también existen experiencias que muestran caminos distintos, aprendizajes que nacen desde las propias comunidades y que evidencian que cuando los agricultores fortalecen el manejo de sus recursos y reconocen el suelo como un sistema vivo, se generan mejoras en la producción, en la resiliencia frente al clima y en la estabilidad de sus medios de vida.

Cuando la ciencia y el conocimiento campesino trabajan juntos

Desde el trabajo en territorio, es claro que estos procesos requieren acompañamiento y un diálogo respetuoso entre el conocimiento técnico y los saberes locales, porque los agricultores ya cuentan con formas propias de interpretar su suelo, basadas en la observación de señales como la presencia de lombrices, el color, la textura o la respuesta de los cultivos, indicadores que reflejan una comprensión profunda construida a lo largo del tiempo.

En este sentido, desde la carrera de Agropecuaria de la UTPL se han impulsado investigaciones orientadas a integrar estos conocimientos, reconociendo que la ciencia y la experiencia rural no son opuestas, sino complementarias.

Parte de este trabajo se ha desarrollado en el sur del Ecuador, en contacto directo con los productores, escuchando y analizando cómo interpretan la salud de sus suelos, y al contrastar estas percepciones con criterios científicos, se han identificado coincidencias que evidencian una base común sólida, lo que permite avanzar hacia prácticas de manejo más pertinentes y sostenibles.

Estos procesos no solo fortalecen el conocimiento académico, sino que también revalorizan la experiencia campesina, recordándonos que la sostenibilidad se construye en el territorio, en interacción directa con quienes trabajan la tierra día a día. Por ello, la formación en Agropecuaria apuesta por integrar la teoría con la práctica, especialmente desde la edafología, promoviendo que los estudiantes aprendan en campo, participen en proyectos vinculados con comunidades rurales y comprendan el suelo en su contexto real.

Cuidar la tierra es proteger la vida

Acompañar estos procesos permite entender que el aprendizaje es compartido, donde el conocimiento científico se enriquece con los saberes locales, generando propuestas más integrales y pertinentes; además cuidar el suelo deja de ser una recomendación técnica para convertirse en una acción estratégica, porque un suelo sano mejora la productividad, contribuye a la mitigación del cambio climático, conserva la biodiversidad y sostiene sistemas alimentarios más justos.

Al final, el suelo es vida, es memoria y es futuro, y comprenderlo así es fundamental para construir territorios más resilientes.

Porque cuidar el suelo, en esencia, es cuidar la vida

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