Cuando llega el 11 de febrero y se habla del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, es importante recordar que esta fecha no existe solo para felicitar o compartir mensajes emotivos. En realidad, surge para recordarnos que durante muchos años la ciencia no ha sido un espacio igual para todos. Aunque las mujeres han aportado de manera significativa al conocimiento, no siempre han contado con las mismas oportunidades, y por eso esta conmemoración, impulsada por las Naciones Unidas, busca, no solo, reconocer ese aporte, sino también hacernos conscientes de que todavía persisten diferencias que afectan trayectorias de vida. Y esas diferencias no son simplemente cifras en un informe, son niñas que no pudieron continuar sus estudios, jóvenes que dejaron sus sueños en pausa y talentos que nunca tuvieron la posibilidad de desarrollarse.
Más que un acto simbólico, esta fecha debería invitarnos a mirar con atención y preocupación el camino recorrido y, sobre todo, el que aún falta por transitar, llevándonos a preguntarnos cuántas científicas brillantes no llegaron a un laboratorio, cuántas vocaciones se apagaron por falta de apoyo y cuántas niñas con enorme potencial siguen esperando condiciones que les permitan imaginarse en ese lugar.
Una fecha para cuestionar la desigualdad histórica
No cabe duda de que detrás de cada niña hay una mente capaz de observar, cuestionar y comprender el mundo; hay curiosidad por los ciclos de la naturaleza, por las enfermedades que afectan a sus familias, por el clima, la energía y los fenómenos que forman parte de su entorno. Sin embargo, no todas crecen en contextos que les permitan asistir regularmente a la escuela, disponer de tiempo para estudiar o proyectarse profesionalmente, y en muchos casos la desigualdad comienza desde edades tempranas, incluso dentro de sus propios hogares, condicionando silenciosamente sus oportunidades.
Desigualdad que comienza en el hogar
En América Latina y el Caribe, especialmente en zonas rurales, esta realidad se refleja con claridad. En 2018, el 26,5% de las jóvenes rurales que no estudiaban ni trabajaban señaló como principal razón su dedicación al trabajo de cuidados no remunerados en el hogar, mientras que entre los varones esa cifra alcanzaba apenas el 1,1% (CEPALSTAT, 2020), una diferencia que evidencia cómo las responsabilidades se distribuyen de manera desigual y reducen el tiempo disponible para formarse. Las consecuencias de esta inequidad no son temporales, pues impactan en la inserción laboral, en la autonomía económica y en la calidad del empleo al que acceden, incluso cuando logran mayores niveles de educación.
Brechas estructurales en América Latina
Frente a este escenario, la pregunta resulta inevitable ¿qué falta para que más niñas elijan la ciencia y, sobre todo, se sientan seguras permaneciendo en ella? La experiencia en comunidades rurales confirma que la capacidad está presente; las niñas analizan su entorno, proponen soluciones frente a las amenazas del clima, se interesan por la salud y el bienestar de sus comunidades, demostrando que el talento existe y que lo que muchas veces falta son condiciones que lo acompañen y lo fortalezcan.
Las niñas no nacen dudando de su inteligencia; aprenden a hacerlo cuando sienten que deben cumplir estándares de perfección más estrictos, cuando el error pesa más sobre ellas o cuando las responsabilidades familiares recaen desproporcionadamente en sus hombros, pese a que la ciencia avanza precisamente porque se prueba, se intenta y, si algo no funciona, se corrige, entendiendo que así es como se aprende y se descubre, sin permitir que el miedo reemplace a la curiosidad y termine apagando el talento.
Acercar la ciencia a su realidad cotidiana también es fundamental, ya que cuando se presenta como algo lejano y reservado para mentes excepcionales puede resultar intimidante, pero cuando se vincula con la producción sostenible, con el cuidado del ambiente, con la salud familiar o con soluciones tecnológicas que mejoran la vida en sus comunidades, adquiere sentido y se vuelve posible. De igual manera, es necesario dejar de pensar que investigar es un camino solitario, porque la ciencia se construye en colaboración, en diálogo y con compromiso social, siendo una herramienta poderosa para transformar territorios y reducir desigualdades.
Eliminar barreras para que el talento florezca
Motivar a más niñas hacia la ciencia no se logra únicamente con discursos inspiradores, sino revisando aquello que limita su tiempo y sus oportunidades, compartiendo de manera más justa las responsabilidades de cuidado, fortaleciendo espacios educativos inclusivos y garantizando que el acceso al conocimiento no dependa del lugar donde nacen ni de los roles que la sociedad les asigna, entendiendo que no se trata simplemente de sumar más niñas a la ciencia, sino de eliminar las barreras que impiden que su talento florezca.
Porque cuando una niña descubre que puede entender el mundo y también transformarlo, no solo cambia su propia historia, sino que abre nuevas posibilidades para su comunidad, y cuando ninguna situación de desigualdad logra frenar ese potencial, entonces la ciencia empieza a convertirse verdaderamente en un espacio para todos.

