No es la primera vez que se lo dice ni será la última: el Centro Histórico de la capital es bello. Cuando se recorren sus calles sin apuro se pueden encontrar lugares a los que no hemos ingresado o que no nos habíamos percatado de su existencia, aunque hayamos vivido toda nuestra vida en la ciudad.
Esta zona de Quito siempre será un sitio para mirar arquitectura, escultura y pintura de la época colonial. Será un lugar para recorrer conventos, iglesias, museos, monumentos históricos. O un sitio para contemplar puertas antiguas, balcones… Y también es el espacio en donde se han creado rincones para compartir, como son los cafés, las chocolaterías, los bares o los restaurantes.
El fin de semana pasado, con un grupo de amigos estuvimos ahí. Estábamos contentos porque a eso de las 22:00 podíamos caminar despacio, ver las fachadas, conversar la mayor parte del tiempo sin ruido a nuestro alrededor, disfrutar de la noche fría, respirar sin buses o autos que nos ahoguen con sus humaredas y, eventualmente escuchar la música que salía de alguno de los bares-restaurantes a donde acuden quienes tienen ganas de conversar y especialmente bailar.
En la noche se aprecia ese otro Quito colonial que no deja de contar historias o que nos permite imaginar cómo habrá sido y quienes recorrieron esos mismos sitios hace 100, 200, 300 o muchísimos más años atrás.
Sin embargo, esa misma belleza esconde su lado oscuro. Aunque el Observatorio Metropolitano de Seguridad Ciudadana informó hace un mes del descenso de las cifras de lo que ellos denominan “robos de mayor connotación”, “libadores en espacio público“, “venta de sustancias sujetas a fiscalización”, “daños a la propiedad” y “eventos clandestinos”, pasar por ciertas calles si puede provocar un gran susto.
Este grupo de amigos, integrado por cinco personas, caminábamos hacia el estacionamiento del Cadisán, en busca del auto que decidimos compartir, y nos cruzamos con dos hombres que hablaban en una esquina, concretamente en las intercepciones de la García Moreno y Olmedo.
Cuando nos vieron se acercaron uno más al otro y el momento que pasamos junto a ellos, uno levantó su camiseta y mostró el revólver que llevaba en la cintura. Si bien únicamente dos nos percatamos de lo que acababa de ocurrir, a la voz de caminemos más rápido, nos alejamos, no sin dejar de mirar hacia ellos, por si trataban de acercarse.
No nos ocurrió nada, pero las preguntas enseguida llegaron: ¿por qué no hay un mejor control? ¿Por qué no podemos garantizar que el Centro sea un lugar seguro? ¿Cómo involucrar a los vecinos que quedan en la zona para ocupar las calles con actividades culturales? ¿Por qué no invitan a empresarios a invertir y convertir esta zona en un polo de desarrollo turístico mucho más potente?
Pese al susto, nos quedamos un momento más en el Centro Histórico, porque -pensamos- no en cualquier sitio se puede disfrutar de tanta belleza, casi en soledad, en una ciudad de alrededor de tres millones de personas.
Foto: Vista nocturna de la Plaza de la Independencia. Archivo Dialoguemos.ec
Artículo publicado en EL COMERCIO el 26 de noviembre de 2025

